
Esta semana ha llegado a España el i-pad, el último aparato que se han inventado los señores de la manzanita (Newton no, los otros señores de la manzanita. Apple, vamos, que todo hay que decirlo).
Esto puede ser fácilmente la impresión de quien ve las cosas un poco desde fuerta, pero a mí me parece que esto de la la informática es un sector económico curioso. Ha llegado a infiltrarse tanto en la vida diaria, que las distintas empresas despiertan emociones, casi sería mejor decir pasiones, entre en la gente. Hablo de pasiones -casi sería mejor decir emociones- que no creo que sean frecuentes, por ejemplo, en el sector del aceite, de la hortofloricultura o en la industria de los combustibles fósiles. No me imagino a un conductor desplazándose quinientos kilómetros más para repostar en Repsol, porque los de BP mira tú la que están montando en el golfo (de México, claro).
De hecho había un anuncio de Repsol que ironizaba sobre esta idea. Había un conductor que conducía no sé cuántos Kilómetros más porque en la siguiente lo trataban muy bien y hasta creo que le regalaban un mechero (no, seguro que no era un mechero) y le decían que estaban encantados de verle por allí, cosa que al automovilista lo volvía loco de contento porque, ya se sabe, si hay algo que llena al individuo moderno es el cariño y la admiración del tipo de la gasolinera.
Me estoy desviando del tema. Yo a lo que iba es que el anuncio no dejaba de tener un punto irónico, lo que quiere decir es que, si un publicista ha llegado a descartar la idea de hacer de esa posibilidad algo comercializable entonces esta posibilidad no digo yo que no exista, pero si existe su reino no es de este mundo.
En el sector informático, en cambio, las compañías parecen tener una personalidad propia de cara a la gente. Una personalidad que no es exactamente lo mismo que una imagen de marca, aunque a veces coinciden. Hay compañías que caen simpáticas, otras que no, otras que resultan interesantes, provocativas, glamourosas, etc,
Microsoft, por ejemplo, se cita a menudo en términos semejantes a los que usaban los rebeldes para referirse a Darth Vader. En el imaginario colectivo informático, Microsoft es el dominador de un imperio serio y aburrido dominado por informáticos enclenques clonados a partir de células extraídas del dedo de hacer click de Bill Gates.
Google, hasta hace un par de días, era el tipo simpático en esta fiesta. Alegre y colorido, últimamente se ha vuelto un poco inquietante, como si el tipo simpático se hubiese hecho con la llave que da acceso al botón rojo y nadie supiese muy bien qué aspira a hacer con ella. Da un poco de miedo, la verdad.
Apple, por su parte, juega el rol del tipo cool, aquel del que todos quieren ser amigos, aunque a veces sea un poco difícil destacar en él alguna cualidad en particular. Pero es que Apple, como todos los tipos cool de este mundo, no tienen necesidad de cualidades en particular. No se trata de eso. Apple mola (al parecer) y hay legiones de compradores dispuestos a hacer lo que haga falta para hacerse amigos del tipo más cool de la ciudad. Apple no es simpático, casi nunca es sorprendente. Ya no se dedica a inventar, sino a convertir cosas que estaban en la calle y devolverlas otra vez al mercado, solo que esta vez con su toque elegante de lineas lechosas.
Si uno se olvida de lo mucho que Apple puede llegar a molar, quizás le resulten incomprensibles algunas de las escenas que se han visto esta última semana, cuando el último i-ngenio de Apple, el i-pad, ha llegado a las tiendas de Europa. Igual que sucedió con el i-phone (que sí fue una innovación) la gente se ha lanzado a hacerse amiga de Apple, o, lo que es lo mismo, a comprar su último aparato, aunque no se sabe muy bien para qué va a servir. Es más incómodo que un portatil para escribir, demasiado pesado para ver películas, la retroalimentación tiene todos los problemas que ya habrá padecido cualquiera que haya intentado leerse Guerra y Paz en el ordenador para desistir antes de enterarse de que la cosa va de Rusia. El i-pad, al parecer, vale para todo, y por eso no tiene una función tan clara. Reproduce música, almacena fotos y, sobre todo, desprende ese aroma de elegancia virtuosa y tecnológica.
Da igual que no admita un triste USB (que por lo que yo veo todos los días, es el sistema de almacenamiento con más éxito desde que el disquette se quedó obsoleto) o que no se pueda reproducir flash porque a Steve Jobbs le parece fatal eso del software propietario, según ha dicho él mismo, al parecer sin sonreir ni un poquito. Renunciaremos a Youtube y almacenaremos nuestros archivos on-line para poder hacernos amigos del señor Apple.
