Mayormente va de libros

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lunes, 31 de mayo de 2010

Llegó el ipad

Esta semana ha llegado a España el i-pad, el último aparato que se han inventado los señores de la manzanita (Newton no, los otros señores de la manzanita. Apple, vamos, que todo hay que decirlo).

Esto puede ser fácilmente la impresión de quien ve las cosas un poco desde fuerta, pero a mí me parece que esto de la la informática es un sector económico curioso. Ha llegado a infiltrarse tanto en la vida diaria, que las distintas empresas despiertan emociones, casi sería mejor decir pasiones, entre en la gente. Hablo de pasiones -casi sería mejor decir emociones- que no creo que sean frecuentes, por ejemplo, en el sector del aceite, de la hortofloricultura o en la industria de los combustibles fósiles. No me imagino a un conductor desplazándose quinientos kilómetros más para repostar en Repsol, porque los de BP mira tú la que están montando en el golfo (de México, claro).

De hecho había un anuncio de Repsol que ironizaba sobre esta idea. Había un conductor que conducía no sé cuántos Kilómetros más porque en la siguiente lo trataban muy bien y hasta creo que le regalaban un mechero (no, seguro que no era un mechero) y le decían que estaban encantados de verle por allí, cosa que al automovilista lo volvía loco de contento porque, ya se sabe, si hay algo que llena al individuo moderno es el cariño y la admiración del tipo de la gasolinera.

Me estoy desviando del tema. Yo a lo que iba es que el anuncio no dejaba de tener un punto irónico, lo que quiere decir es que, si un publicista ha llegado a descartar la idea de hacer de esa posibilidad algo comercializable entonces esta posibilidad no digo yo que no exista, pero si existe su reino no es de este mundo.

En el sector informático, en cambio, las compañías parecen tener una personalidad propia de cara a la gente. Una personalidad que no es exactamente lo mismo que una imagen de marca, aunque a veces coinciden. Hay compañías que caen simpáticas, otras que no, otras que resultan interesantes, provocativas, glamourosas, etc,

Microsoft, por ejemplo, se cita a menudo en términos semejantes a los que usaban los rebeldes para referirse a Darth Vader. En el imaginario colectivo informático, Microsoft es el dominador de un imperio serio y aburrido dominado por informáticos enclenques clonados a partir de células extraídas del dedo de hacer click de Bill Gates.

Google, hasta hace un par de días, era el tipo simpático en esta fiesta. Alegre y colorido, últimamente se ha vuelto un poco inquietante, como si el tipo simpático se hubiese hecho con la llave que da acceso al botón rojo y nadie supiese muy bien qué aspira a hacer con ella. Da un poco de miedo, la verdad.

Apple, por su parte, juega el rol del tipo cool, aquel del que todos quieren ser amigos, aunque a veces sea un poco difícil destacar en él alguna cualidad en particular. Pero es que Apple, como todos los tipos cool de este mundo, no tienen necesidad de cualidades en particular. No se trata de eso. Apple mola (al parecer) y hay legiones de compradores dispuestos a hacer lo que haga falta para hacerse amigos del tipo más cool de la ciudad. Apple no es simpático, casi nunca es sorprendente. Ya no se dedica a inventar, sino a convertir cosas que estaban en la calle y devolverlas otra vez al mercado, solo que esta vez con su toque elegante de lineas lechosas.

Si uno se olvida de lo mucho que Apple puede llegar a molar, quizás le resulten incomprensibles algunas de las escenas que se han visto esta última semana, cuando el último i-ngenio de Apple, el i-pad, ha llegado a las tiendas de Europa. Igual que sucedió con el i-phone (que sí fue una innovación) la gente se ha lanzado a hacerse amiga de Apple, o, lo que es lo mismo, a comprar su último aparato, aunque no se sabe muy bien para qué va a servir. Es más incómodo que un portatil para escribir, demasiado pesado para ver películas, la retroalimentación tiene todos los problemas que ya habrá padecido cualquiera que haya intentado leerse Guerra y Paz en el ordenador para desistir antes de enterarse de que la cosa va de Rusia. El i-pad, al parecer, vale para todo, y por eso no tiene una función tan clara. Reproduce música, almacena fotos y, sobre todo, desprende ese aroma de elegancia virtuosa y tecnológica.

Da igual que no admita un triste USB (que por lo que yo veo todos los días, es el sistema de almacenamiento con más éxito desde que el disquette se quedó obsoleto) o que no se pueda reproducir flash porque a Steve Jobbs le parece fatal eso del software propietario, según ha dicho él mismo, al parecer sin sonreir ni un poquito. Renunciaremos a Youtube y almacenaremos nuestros archivos on-line para poder hacernos amigos del señor Apple.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Digitofilia & digitofobia. Una propuesta terminológica

¿Podemos hablar de un triunfo del libro digital?

Hace unos meses, poco antes de Navidad, se empezó a hablar del año del libro digital.

Quizá sea más correcto hablar del Año del libro digital.

Algunos blogs empezaron a hablar de un maná inagotable de libros digitales que, una vez más, serían el último escalón hasta la encarnación final de la mítica biblioteca borgesiana. La reactualización de este mito borgesiano - lo borgiano es otra cosa, por cierto- es, además, uno de los efectos colaterales de la aparición de internet, de la aparición (en realidad reaparición) del libro digital y de las digitalizaciones masivas que algunas nuevas y omnipotentes empresas (premio para el caballero) han estado llevando a cabo.

Quizás sea el momento de recordar que Borges fue, al menos en prosa, el gran humorista de las letras castellanas del S XX.

Hace unos mese, la aparición del nuevo Kindle, la llegada de nuevos dispositivos y la inminencia de la navidad dispararon las cotización de los que apostaban por el futuro del libro, el futuro de la edición, el futuro de la lectura el futuro de la educación y, en general, el futuro de todo cuanto en algún momento había estado ligado a esos feos mamotretos, acaparadores de polvo, que algunos snobs trasnochados insistían en guardar en sus casas.

El libro electrónico subía como la espuma, al menos en los círculos de expertos que luego resultaron ser más expertos que videntes, porque la programada "Navidad del libro digital" no llegó nunca, a pesar de que incluso desde instancias gubernamentales se creyó en el milagro de que, por una vez, España no sería el último país de Europa occidental en subirse a una revolución tecnológica. El gobierno bajó el IVA del libro digital y alguien, en algún lugar entre el ministerio de educación el ministerio de cultura y el ministerio de economía debió quedarse un buen rato en su sillón masajeándose las sienes con gesto meditabundo para dar reposo a sus, sin duda, agotadas meninges. Suponía, sin duda, que el ciudadano medio español, a la vista de la milagrosa dádiva de un doce por ciento de reducción en el IVA daría rienda suelta a sus ansias lectoras, a las que no había dado salida antes porque el español medio, de alguna manera, intuía ya que el libro era un instrumento anticuado o que iba camino de serlo y no quería ser cogido en falta por sus hijos o sus nietos cuando en una fotografía apareciese él haciendo uso de tan anticuado y ridículo artefacto.

Ya hemos visto que no fue así. Ni la ayuda gubernamental, que ya de paso, transformó el libro digital en un bien de interés cultural y desterró para siempre la molesta etiqueta de "chisme", "maquinita" o "cacharro" que le acompañaba hasta ese momento, ni el pomposo anuncio de Amazon de que, por primer vez, había vendido más libros digitales que libros en papel sirvieron para que las navidades el ebook se quedasen en las Navidades a secas o las navidades de la crisis (que también esto tendrá algo que ver).

Que la navidad del libro digital no fue tal, no lo digo ahora basándome en estadística alguna. Sólo hay que dar un paseo por la calle, acercarse a las librerías o, por qué no, también ver las estadísticas de ventas. Por supuesto, muchos de los libros que se leen en los reproductores digitales dificilmente serán cuantificables por las estadísticas. El mercado de libros digitalizados de forma gratuita, de manera legal o ilegal, es casi interminable.

Tenemos esto en cuenta, como también tenemos en cuenta que los defensores del digital argumentarán que sus huestes plásticas están en el camino de la victoria, y recordarán que, no pocos meses atrás han visto a cierto joven en el metro manejando con soltura un kindle o un papyre. Cuando los digitófilos (término recien acuñado del que espero sacar partido) sacan a relucir argumentos de este corte -que enuncian casi de carrerilla, porque la verdad es que, a falta de recambio, se ven forzados a usar el mismo ejemplo una y otra vez, y eso deja en su dicción ciertos posos de monotonía- los digitófobos (término de reciente acuñación, nacido para contrarrestar la potencia satírica del anterior) replican que también ellos han visto alguan vez en el metro a jovenzuelos de estética postpunk luciendo peinados imposibles que parecen surgidos de la pesadilla más horrible de Nikola Tesla, pero que no por eso suponen que sean los precursores de una moda en ciernes ni hacen acopio de lacas, gominas y escalpelos.

Es cierto además que, por cada lector digital que encontramos por la calle, tenemos un par de cientos de lectores de toda la vida.

Ahora bien, siempre se ha dicho que en España, lo que es leer, se hace más bien poco. Y si pocos son los lectores de este país y de esta rara especie los lectores digitales no son más que una fracción minúscula, tenemos que concluir que el libro digital, por el momento, es un fracaso tanto en términos relativos como absolutos.

Me dicen amigos digitófilos, cuyo criterio tengo en mucha estima, que el libro digital no sólo es necesario por el bien del lector. Que ya está haciendo crecer los índices de lectura en Estados Unidos. Que en Argentina (donde se compra la mitad y se leen el doble de libros que en España) el libro electrónico ya ha calado. Que los lectores más ávidos por fín podrán disponer de espacio en sus casas para colocar peceras y plantas tropicales allí donde sólo había papel y señales que recomendaban bajar la voz por peligro de aludes.

Me dicen mis amigos digitófobos, que no se ven con un libro digital, que para ellos la experiencia de la lectura no consiste únicamente en pasar la vista sobre una serie de signos cuyo código les resulta inteligible, sino también en sentir el libro; en tener el papel entre las manos; en olerlo y pesarlo; en guardarlo en el fondo de una mochila con algunos libros más para sacarlo en el momento clave de una discusión y ponerlo sobre la mesa con un golpe seco, como quien saca el as definitivo que sella una partida de tute cuando aún quedan tres cartas en la mano.

A mis amigos digitófilos, por cierto, todo esto les parece una soberana tontería -una tontería fácil de satirizar, además- pero es que de mis amigos digitófilos pocos, muy pocos se pueden considerar lectores voraces.

Creo que mis amigos digitófilos llegarán a tener razón en algún momento, pero que ese momento está más lejos de lo que creen. Creo que falta bastante para las navidades del ebook en España y que, cuando lleguen aún tendrán que convivir con esos anacrónicos mamotretos durante un buen tiempo.

Mis amigos digitófilos tendrán que reconocer que, por cada lector digitófilo, hay quince digitófobos y que son estos los que, hasta ahora, han mantenido viva la industria editorial de este país. ¿Se puede hacer literatura al margen de la industria editorial? Desde luego que sí, pero ya veremos como.


martes, 11 de mayo de 2010

El libro digital (1)

Las modas no son solo modas. Las modas son modas y contramodas aunque esta es una afirmación de esas un poco peligrosas. Evidentemente, no son peligrosas porque sean el tipo de proposiciones que desplomen los mercados o alienten a la población a convertirse al nacionalsocialismo -que no debemos olvidar que tuvo mucho de moda, en casi todos los sentidos-, sino porque abren la posibilidad de un bucle infinito (la contramoda es una moda que abre una contramoda, etc) que, además de poco práctico, es de una idiotez alarmante, puesto que si las consecuencias que se deducen de una afirmación resultan tan poco interesantes, cabe sospechar también del interés que pueda tener la idea inicial.

Pero esto ya es entrar a un tema que se desvía del que me ocupa.Aquí nos dedicaremos los próximos días a hablar del libro digital que, como todos sabemos, es un tema muy poco original y, por tanto, completísimo para ir abriendo boca.

El libro digital es, sin duda, uno de los temas recurrentes hoy en día en cualquier conversación civilizada. Es un tema que resulta de lo más apropiado porque, para empezar, introduce una temática cultural, que siempre es de agradecer. Puede que el libro digital se parezca a una Game-Boy de aquellas que salieron al mercado cuando yo era niño y que, entonces, nos parecían un insuperable despliegue tecnológico, -aunque hoy en lo que a tecnología se refiere, no nos parece más reseñable que un molinillo de café o la piedra del mechero- pero no deja de ser un libro y eso siempre da cierto tono a una conversación.