Mayormente va de libros

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viernes, 25 de junio de 2010

Detalles hispanos

Ya me han reprochado (y con razón) que yo empecé este blog prometiendo tratar de libros y, hasta ahora, he hablado de todo menos de libros. El caso es que no me acabo de decidir, porque quisiera darle a este blog una cierta coherencia temática dentro de lo que es la literatura (o la bibliofilia) en general

El problema es que, mientras me decido, voy colgando entradas de vez en cuando y, claro, cada una habla de una cosa distinta y es peor el remedio de esperar que la enfermedad de precipitarse, por lo menos en términos de alcanzar cierta uniformidad temática.

Voy a hacer el propósito de que esta sea la última entrada que no trate directamente de lo que nos interesa. Ya tengo, además, los objetivos en mente y hasta tengo algún amigo al que tratar bien, cosa que, por suerte, voy a poder hacer sin nada de lo que avergonzarme.

La anterior entrada iba de política y me temo que esta va a seguir el mismo camino. Ya se sabe, hay que tocar fondo. El caso es que, como dicen en la tele, en capítulos anteriores comentaba yo la vergüenza que me producía nuestro presidente socialista, porque, incluso para quien no se considera en absoluto un socialista, su política se ha hecho poco digna de marcarse con una ideología de este tipo. El gobierno de ZP no es socialista, ni siquiera de izquierdas. Es un gobierno capitalista, sin más, y que conste que quien escribe esto no mantiene un blog paralelo en el que aboga por el advenimiento de la anarquía ni por cruzar con barricadas la avenida de los Jerónimos (que, bien visto, puede no ser mala idea) pero creo que este de "capitalista" es el adjetivo más exacto que se le puede dedicar a una política muchísimo más atenta a sobrevivir a los usos del sistema –el sistema electoral, el sistema económico- que a manejarlos o transformarlos. No digo yo que el socialismo sea eso, la transformación necesaria del sistema capitalista, porque eso sería como retroceder unos cuarenta años en la historia. Hoy sabemos que el socialismo puede y debe conformarse con ciertas situaciones, lo que inquieta algo más -o quizás ya no inquita, pero aún sorprende un poco- es que esa resignación se convierta en el punto central de una forma de socialismo. Un dato bastante ilustrativo de esta situación es que tanto Francia como Alemania, con sus gobiernos de izquierdas, han propuesto medidas de control a la banca y contra la especulación bursátil, mientras que el gobierno español se ha limitado a quejarse de lo terriblemente malos que son esos señores extranjeros que atacan al mercado español y que no son judeo-masones simplemente porque eso ya no se lleva.

También es verdad que en España no está el horno para bollos, ni tenemos ya mucho margen para quijotadas.

En fin, que las diferencias entre nuestro presidente socialista y "el otro" -"el otro", por cierto, es como yo le llamo a ese que pudo haber ganado y no ganó, pero todavía puede ganar, aunque ya veremos- es una forma de actuar y, sobre todo, de posicionarse, en ciertos temas sociales. Sucede con el matrimonio gay, por ejemplo, que no ha hecho más que legalizar una perogrullada como que dos personas del mismo sexo, que aportan al estado lo que este les exige como ciudadanos, tienen el derecho a recibir del estado las mismas ventajas que este concede a dos personas de distinto sexo. Digo que es de perogrullo porque, si la homosexualidad es legal -y creo que lo es- entonces disfruta de todos los derechos de la legalidad.

La diferencia, entonces, entre el presidente socialista y "el otro" es pequeña, pero está ahí. “El otro” aquí juega en terreno peligroso, porque sabe o intuye que hay ciertas cosas muy difíciles de atacar sin caer en anacronismos. La diferencia entre los dos es pequeña, pero muchas veces es la que nos salva de la indigencia moral absoluta. No es mucho, pero es algo. Puntualmente, en ocasiones, es bastante.

Todo esto viene al caso porque he recibido –no sé por qué- la sugerencia de unirme en una red social a una especie de cenáculo virtual que apoya la petición de elecciones anticipadas. El símbolo de este grupo de amigos y patriotas preocupados por el devenir nacional es un grupo de cuatro muñecos alrededor de una urna. Si uno se fija bien, los muñecos se dan la mano. Si uno lo mira deprisa, los muñecos parece que se han reunido alrededor de la urna para orinar.

Al parecer, el cenáculo en cuestión, está apoyado, o directamente creado, no lo sé, por la cadena COPE, que ya saben ustedes de quién es, de dónde viene (se la ve venir) y a dónde va. Este cenáculo se presenta con un manifiesto extraordinariamente vago, cosa que, la verdad, no extraña demasiado. Está escrito en el idioma de las dos Españas, que es un idioma parecido al castellano, sólo que adaptado a un uso particular. Igual que el alemán fue evolucionando hasta convertirse durante el S XIX en un arma lógica de filo místico-folclórico (ya sabemos cómo acabó aquello) el castellano de las dos Españas es un idioma extraño, o dos idiomas extraños, sofisticados como un cuento oriental. Dos idiomas que son tan idénticos que no se pueden reconocer a sí mismos y que han ido evolucionando hasta convertirse en una herramienta perfecta, capaz de retorcer hasta la metafísica cuestiones como la economía, las matemáticas y hasta la geología, si fuese menester.

Uno de los párrafos del manifiesto dice literalmente:

Se ha producido un distanciamiento muy peligroso para la vida democrática entre su legitimidad formal y su legitimidad real.

Otra diferencia entre el presidente socialista y "el otro" es que éste aún no ha sabido romper con esto. Y puede que hasta quiera, pero también puede que no. En cualquier caso, no lo ha hecho, que ya es bastante. Eso de decidir quién tiene legitimidad formal y quién tiene legitimidad real es bastante peligroso. Yo he usado expresiones parecidas en algún momento, porque sí creo que un gobierno, aunque sea un gobierno democrático, no está legitimado para gobernar con el único límite de la constitución. También creo que la constitución es un límite muchas veces demasiado rígido, pero esto me parece un mal necesario.

Un gobierno, por ejemplo, no está legitimado para ceder soberanía nacional, por eso el proceso europeo es tan peliagudo y por eso tienen algo de agresión oligárquica. Un gobierno tampoco está legitimado para declarar una guerra no defensiva ni para comprometer el futuro nacional en cuestiones como sanidad o educación. Un gobierno no está legitimado para vender territorio nacional.

Escogemos nuestros gobiernos para gestionar la riqueza de la nación y para representarla a nivel internacional. Luego lo que haga el gobierno puede gustar más o menos, pero la democracia es el arte de saber chincharse. Este es el juego. Poner en duda la legitimidad real de un gobierno es otro juego distinto, uno más peligroso en el que la legitimidad ya no está marcada por textos y normas sino por la inspiración, el bullicio y la bronca. De esto no se ha sabido separar "el otro" y esto puede ser importante o no. En algunos momentos puede que sea cuestión de detalle, pero cuando las cañas se convierten en lanzas recordamos que Dios está en los detalles.

viernes, 18 de junio de 2010

Europa avala las "valientes y efectivas" medidas de Zapatero

El título, además de un título, es un titular. Concretamente un titular de "El País". Sección de
economía.

La historia empieza más o menos así: hace años algunos españoles decidieron votar a un presidente socialista. Algunos lo hicieron por convicción. Otros, muchos, casi por necesidad, asqueados por la falta de catadura
moral del anterior presidente. Lo más inmediato -que en este país se puede leer como "lo más decisivo"- fue la charada mezquina que desplegaron días después del famoso atentado, pero antes hubo más. La adulación indigna hacia un presidente cuya máxima virtud -porque en él era una virtud- era lindar peligrosamente con el retraso mental. La chulería de la segunda legislatura, cuando, poco a poco, se fue revistiendo de una vanidad que en los buenos momentos quería ser chusca y en lo malos momentos era como un sopapo húmedo en la cara. La guerra, el ninguneo de la educación pública y de sus foros de opinión...

Al final casi nada de esto tuvo mucha importancia. Al final la gente se reveló, un poco por indignación, un poco por rabia y un poco porque al fin y al cabo, había que cambiar, cosa que a esta España nuestra siempre le ha sido un poco fastidioso, pero bueno, como había que hacerlo, algunos españoles bienintencionados pensaron que, puestos a meter los pies en el río, a lo mejor hasta se podía pescar algo.

Eran buenos tiempos. Había dinero para todo, o para casi todo. Los índices de investigación en España seguían -y siguieron- siendo alarmantemente bajos y estoy seguro de que la biblioteca de mi barrio no ha tenido ninguna mejora desde, por lo menos, el 86. Pero había dinero, y había un gobierno socialista -repito, un gobierno socialista- que cogía ese dinero y lo repartía equitativamente entre los españoles. Equitativamente, como ustedes saben, no significa "a cada uno según sus necesidades" sino, "igual para todos", que es un principio básico del socialismo. Si tiene usted un hijo, 2500 euros, y no importa que tenga todo el dinero que le haga falta, o que sea usted, digamos, el príncipe de Asturias. Recibirá su dinero, quizás porque su hijo es tan bueno como los demás, quizás porque su voto vale lo mismo que el de cualquiera.

En aquellos buenos años había un problema en boca de todos: el de la vivienda. Yo recuerdo que, cuando hablaba con amigos extranjeros, al final siempre acabábamos tocando el tema de la vivienda. Con los españoles también, claro, pero ya se da un poco por supuesto. Llegaban informes desde todos los organismos internacionales que avisaban de que la economía española era demasiado dependiente de un sector que era una pura burbuja especulativa, que había que diversificar, que aquello no podía durar, que miren señores que el coscorrón va a ser de campeonato. La construcción en España levantaba, ella solita, más viviendas que en Francia, Italia y Alemania juntas. Había viviendas vacías y gente sin techo. Suena demagógico, pero es una descripción muy exacta. Había casas guardadas como monedas en un cofre, compradas como inversión y conservadas entre algodones mientras la población joven de este país no podía afrontar hacerse con una vivienda porque implicaba gastarse más del 70% de su sueldo. La vivienda se transformó en un objeto especulativo, y siempre sorprende recordar ahora que había especulación antes de que los temibles buitres financieros extranjeros (porque son extranjeros) comenzasen con su inmotivado y pérfido ataque a la economía española.

El problema de la vivienda disputó durante mucho tiempo los primeros puestos en las listas de preocupaciones de los españoles. Esos rankings que son como los cuarenta principales del desvelo nacional. Aún así, el gobierno socialista no subió los impuestos a los que más tenían. No aumentó las tasas a quienes tenían una segunda (o tercera, o cuarta) vivienda. En lugar de ello, repartió dinero, no a todos, pero sí equitativamente: 250 euros para quien los pueda conseguir. Nada de porcentajes ni zarandajas. Así es más fácil de entender y se vota más descansado.

Los buenos tiempos pasaron y llegó la crisis. Volvimos a votar a un gobierno socialista pero ya con la sensación de que, en realidad, no había mucho más que escoger. Puestos a elegir a un muerto, al menos este tenía experiencia. Se puso en marcha el plan E, una lluvia de millones destinados a poner parches en aquellos sectores que estaban sufriendo la contracción con más fuerza. El primero de ellos, la construcción, así que los millones de la crisis, el dinero del fondo del calcetín, acabó llegando a los mismos tipos altos que lo recogían a capazos cuando el oro llovía y se quedaba en las copas de los árboles.

La lluvia de millones terminó. Alguien nos dice que se ha gastado demasiado dinero, y es verdad, así que nuestro gobierno socialista pone en marcha un plan equitativo. Para empezar, hay que subir los impuestos, así que, en justicia, se hace equitativamente, lo mismo para todos, que para eso está el IVA. Ustedes ya sabrán que tenemos una de las tasas de IVA más bajas de Europa. Lo sabrán porque se lo han dicho un par de veces. Quizás también sepan que nuestros sueldos están entre los más bajos y que tenemos tasa de desempleo que en Francia habría hecho arder la Bastilla. Quizás también sepan que los desempleados no pagan otros impuestos, pero vaya usted con su carnet de paro a pedir que le descuenten el IVA en el Mercadona.

Como eso no basta, se baja el sueldo de los funcionarios -que es muy fácil- y se congela el de los pensionistas -que es algo más dificil, pero ya se sabe, para hacer una tortilla...

Ahora, al parecer, el mundo financiero está entusiasmado con el coraje de nuestro presidente socialista. Europa dice que son "valientes y efectivas". Europa, por si ustedes no se han dado cuenta, ha pasado a significar Merkel y Sarkozy, que son una señora y un señor más bien de derechas. Muy por detrás de ellos Cámeron, pero muy muy por detrás. También está el FMI aplaudiendo las medidas de nuestro presidente socialista. El señor con el que se saluda en la fotografía, es el democristiano Juncker. La derecha europea en pleno aplaude la valentía de nuestro presidente socialista que, la verdad, hasta es posible que haya hecho lo único que podía hacer una vez llegados a este punto. Las preguntas son: ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Para esto se ha votado a un gobierno socialista? ¿En qué hemos cambiado respecto al servilismo anterior? Antes se adulaba a un poder al otro lado del Atlántico. Se siguieron ciegamente sus consignas, también cuando fueron cantos de guerra. Ahora se adula a un poder europeo y a un poder económico. No hay guerra. Si la hubiese, sería una guerra económica y a esa guerra nuestro presidente socialista o bien no ha acudido, o a presentado sus armas, humilde, sonriente.

Perdónanos, señor, porque hemos pecado.

Pd: Además hoy se ha muerto Saramago. Nunca me gustó su literatura, ni tampoco su pose intelectual, pero al menos parecía un tipo capaz de sentir vergüenza, aunque sea vergüenza ajena, y visto lo visto todo lo que huela a vergüenza nos va a hacer mucha falta.

jueves, 10 de junio de 2010

Is internet making us stupid?


Es casi un clásico. El título ya hace mucho, porque es una mezcla de provocación y amenaza.

En el año 2008 Nicholas Carr publicó su artículo "Is google making us stupid". En él compartía con sus lectores una sospecha terrible, la de que, desde unos meses atrás, el uso de internet, la lectura fragmentaria, el hecho de saltar de un pedazo de información a otro estaban acostumbrando a su cerebro a un modo de pensar distinto. Según Carr, desde hacía un tiempo venía notando que le costaba más concentrarse, que le era más dificil seguir argumentaciones extensas y que era incapaz de mantener el interés en un texto más allá de las cuatro o cinco páginas. En resumen, Carr constató, con noble preocupación, que se estaba convirtiendo en un estúpido.

Nicholas Carr no es un alérgico a la tecnología. No es alguien a quien uno se pueda imaginar bajando en patines calle abajo mientras lanza al viento panfletos que abogan por la rebelión contra las máquinas. El señor Carr es un escritor preocupado que constata el hecho de que la herramienta más maravillosa que ha encontrado nunca para su trabajo (la web) tiene un doble filo mortal. Sus teorías no están basadas en runas encontradas en las manchas de humedad de su alfombrilla de baño, sino en las teorías de McLuhan, ese señor que, desde el chiste de Woody Allen, ya nadie se atreve a explicar, pero que, en términos generales, hablaba de que los medios no son pasivos, sino que por su naturaleza, por su esencia, por el modo en el que llegan hasta nosotros determinan la forma de nuestro pensamiento.

Que internet es un medio fragmentario está bastante claro. Es su esencia, de hecho. Costará explicarles a los estudiantes del futuro que internet no nació para tener un sitio en el que poner el Youtube, sino como una herramienta de hipertexto inventada por un físico académico allá por los años 80. Es decir, que internet es, ante todo, una herramienta de hipertexto, su idea original es la unión de elementos y, por tanto, de fragmentos de una información mayor. Como hoy el texto se ha reducido e internet es una herramienta cada vez más compleja desde el punto de vista de su composición, habrá que empezar a hablar de una red hipersemántica, en lugar de una red hipertextual, pero, en cualquiera de los dos casos, el fondo de la cuestión es que su naturaleza es conectar contenidos.

Cada vez que leemos un texto en internet estamos rodeados de millones de tentaciones de saltar a otro y a otro y luego a otro más. Eso sin contar las tentaciones (distracciones) adicionales, que nada tienen que ver con el texto, como las pantallas que asaltan periódicamente con la promesa de ganar cien mil euros en el casino de montecarlo con sólo cinco minutos de tu tiempo, un poco de candidez y el pin de tu tarjeta de crédito.

Las grandes compañías, por cierto, parece que también se están dando cuenta de esto. La última versión de Safari incluye un botón que elimina todos los elementos gráficos de la página.

Es muy dificil de sostener que un medio como internet, que no sólo influye en nuestro ocio, como sucedía con la televisión, sino también en nuestro trabajo, en nuestras compras, etc no tenga una influencia decisiva en nuestro modo de pensar. La polémica se centraría más bien en dos cuestiones derivadas de la influencia de Internet sobre nuestra forma de pensar.

En primer lugar, está la cuestión de hasta qué punto es profunda esta modificación, de si se trata de un mero cambio de conducta o internet está afectando realmente a nuestras estructuras mentales. Gary Small, investigador de la Universidad de la Universidad de Californa, afirma que nuestro cerebro nunca había sufrido estímulos que hubiesen cambiado tan rápidamente su forma de trabajar. En este sentido parece apuntar claramente a la primera vía. En cambio, otros estudios afirman que estos cambios son más o menos profundos según nuestras acciones, es decir, que todavía dependen de las circunstancias y, por tanto, de nuestro modo de enfrentarlas (esto es, de la conducta). Hussein Hirjee, de la Universidad de Waterloo ha escrito un trabajo en el que demuestra sin ningún género de dudas que visitar ciertas páginas (como Facebook) afecta a nuestra concentración y nuestra memoria. En cambio, otras (como Youtube) no tienen un efecto particularmente negativo sobre estos ámbitos.

Queda una segunda cuestión, la de si estos cambios son una mera degradación de nuestros procesos mentales o una evolución de los mismos. ¿Si perdemos capacidad de concentración, ganaremos a cambio capacidad para interrelacionar conceptos? ¿Puede imitar el cerebro a la máquina? ¿Caminamos quizás hacia un mundo cibernético?

miércoles, 9 de junio de 2010

Piratas

La semana pasada supimos -porque alguien nos lo dijo- que la industria cultural española ha perdido 5000 millones de euros en el segundo semestre del 2009 por culpa de la piratería digital. Ya se sabe, ahora la gente está muy sensibilizada con esto del dinero y en seguida uno se pone a echar cuentas de, por ejemplo, cuántos ingresos habrían supuesto para el estado ese montón de millones pasando de forma adecuada por los filtros correctos, de cuántos puestos de trabajo no se habrán perdido. Uno se pone a calcular si hubiese sido suficiente al menos como para no congelar las pensiones de los jubilados, o para que la I+D+I en España llegase a ser más del 1.1% del total de la Unión Europea...

Yo no estoy demasiado al corriente de los medios de información. No es para estar orgulloso, pero es así. La actualidad es aburrida (o, dicho en formato chiste, actualmente la actualidad es aburrida). A veces escucho la radio camino del trabajo o miro los titulares de los periódicos, pero no más. Sin embargo escuché esta cifra machaconamente a lo largo de un día. Y, claro, da que pensar.

Da que pensar también el hecho de escuchar cinco veces un dato en un día y, sin embargo, no conseguir recordar qué sistema han utilizado para alcanzar esa cifra, qué fuentes han utilizado, en qué basan esas cifras. Por curiosidad he buscado la noticia en internet y, de nuevo, es muy fácil encontrarla, pero no hay ni rastro del sistema utilizado.

Puestos a mirar los datos con detenimiento, hay algunos que sorprenden. Por ejemplo, parece ser que, por sectores, el libro digital es uno de los menos afectados, con un 19.7%, lo que supone, según este estudio, unos doscientos millones de euros. Es decir, que según este estudio, el libro digital ha movido el semestre pasado en nuestro país ochocientos millones de euros. Supongo que la cifra se refiere únicamente a contenidos digitales, puesto que los aparatos, por ahora, parece que no están al alcance de la piratería.

Ochocientos millones de euroes es una cifra nada desdeñable que me hace releer con vergüenza una entrada que colgué aquí hace un par de días en la que, en un despliegue de ignorancia, decía yo que el libro digital no ha triunfado todavía en este país. Para esta reflexión me basaba en el, tengo que reconocerlo, escasamente científico sistema de ver cuántos libros digitales se ven por la calle.

En mi descargo diré que no tengo acceso a los eficientes estudios de mercado que barajan estos señores. Ahora sé que, cada español, se ha gastado -o debería haberse gastado, si no fuese por ese maldito 19,7 por ciento de piratas- en torno a veinte euros en libros digitales el año pasado. Es decir, que si usted no se ha gastado ni un duro en libros digitales durante el segundo semestre del 2009, debe saber, en primer lugar, que es un bicho raro y que ya iba siendo hora de que alguien se lo dijese, y en segundo lugar que el señor/a que tiene al lado en el despacho, o su vecino/a de abajo, o el tipo que siempre saca a pasear al perro a la hora a la que usted se va a trabajar y sigue paseando al perro a la hora de la que usted vuelve de trabajar, y del que usted siempre se ha preguntado con qué horarios se maneja, cualquiera de ellos se ha exprimido el bolsillo hasta llegar a los cuarenta euros para compensar su desidia cultural-digital. Como a esto tenemos que añadir a los niños menores de cinco años y a los tipos que consideran que las cualidades estéticas de un coche se miden en neones x cm cuadrado -ambos se desacartan por las mismas razones- comprobaremos que la cantidad es aún mayor.

Por supuesto, el sector más desfavorecido es el musical. Es más, uno casi tiene la tentación de leer el informe pensando que, quien lo ha hecho, tiene algún interés en presentar a la industria musical como los pobres huerfanitos de este cuento, envueltos en un aura de pobreza dickensiana. El caso es que, hace pocos días, aparecía una noticia en el país que decía que los ingresos generados por la industria musical no habían variado entre 2005 y 2008. Además, son muchos los que comentan que la música más o menos independiente no había estado nunca tan activa y antes de la crisis, por ejemplo, los conciertos abundaban tanto y se pagaban de tal manera que algunos festivales dieron la voz de alarma por los precios disparatados que las bandas estaban imponiendo por sus actuaciones.

Esto no quiere decir que no haya gente que pierda dinero con este asunto de la piratería. Hay gente que pierde muchísimo dinero y que sólo lo recupera en parte con esos extraños cánones impuestos sobre los sistemas de grabación digital, acerca de los cuales Europa ya ha dado un toque da tención diciendo que eso de que una compañía privada imponga un impuesto a una serie de aparatos que, por ejemplo, todas las empresas necesitan para sus labores administrativas, es una cuestión bastante peliaguda.

Entre la gente que está perdiendo dinero con todo este asunto de la piratería, están los músicos,claro. Algunos más que otros, por supuesto. Pero quienes más están perdiendo son, sin duda, las compañías discográficas. De nuevo, unas más que otras. Quienes más están perdiendo en todo este asunto son aquellas supercompañías discográficas que todos los años tenían uno, dos, tres de sus discos en las listas de los más vendidos del año y que, durante un par de lustros, vieron cómo su negocio parecía una máquina invulnerable de hacer dinero. Precisamente, esas listas de "los más vendidos" se convirtieron en uno de los totems del modelo de negocio que privilegiaban estas compañías. Un modelo en el que unos pocos discos alcanzaban unas ventas disparatadas, mientras el resto apenas existía. Las compañías alentaban este sistema, porque permitía, por ejemplo optimizar sus maquinarias de marketing centrándose en una o dos mega-estrellas, en tiempos en los que era imposible hacerse famoso con Youtube.

Estas discográficas llegaron a tener un dominio del mercado tan fabuloso, que practicamente podemos decir que escogían qué discos serían los más vendidos del año. Dentro de unos márgenes, por supuesto, en cuanto que hay que añadir a la ecuación, al menos, el factor de la competencia entre estas mismas grandes productoras. Al margen de eso, sólo hay que ver las listas de discos más vendidos entre 1990 y 2005 para darse cuenta del inmenso poder que estas empresas tuvieron sobre el gusto del público.

Esto, al final, nos lleva a la cuestión de qué hicieron estas superempresas con el poder que el mercado les había dado. Qué camino decidieron tomar cuando se vieron en esta posición de mando sobre el gusto musical de toda una generación. Pues bien, las compañías decidieron no hacer nada. O mejor dicho, decidieron sacar rendimiento a un público cuya mejor virtud era la de comprar de forma masiva un producto determinado. Tengo un amigo que afirma que quienes solían comprar música lo siguen haciendo, y que quienes han dejado de comprar son aquellos a los que la música les importa un bledo, los que se compraban cada semana el CD de Operación Triunfo, sin más razón que era lo que tocaba en ese momento.

Yo no me atrevería a decir tanto. Quizás alguien que se compraba cada semana el CD de operación triunfo sí podía ser un amante de la música. Ahora bien, lo que está claro es que el CD de operación triunfo (y si lo cito tanto, no es por que le tenga una manía especial, sino porque encabezó las listas de ventas de este país durante muchas semanas y me sirve como ejemplo en muchos sentidos) no es el tipo de música que se compra alguien que tenga una inquietud por descubrir experiencias nuevas con la música. El CD de operación triunfo no dejaba de ser un ejemplo perfecto del tipo de mercado que se fomentaba, un mercado muy atento a la publicidad, que quedaba satisfecho con escuchar versiones de canciones, cantadas por postadolescentes que se les habían hecho familiares gracias a la televisión. El público objetivo era el de aquellos que habían cambiado el gusto por la costumbre, entendiendo que esto no es una crítica a un gusto determinado, sino a la renuncia a tener un gusto propio.

Ese era el público que las discográficas habían ayudado a crear. Operación Triunfo perfeccionó el método que habían utilizado durante años las radiofórmulas; un público acomodado, que, a la hora de comprar, se decidiese invariablemente por alguno de los diez discos previstos para alcanzar el número uno de ventas, con sonidos cada vez más parecidos, con cantantes cada vez más parecidos, con canciones que eran, de forma explícita o implícita, versiones de canciones.

El resultado es la música pop de los noventa y de la primera década del milenio.

Hoy las discográficas y los cantantes que las acompañan se echan las manos a la cabeza. Por supuesto, nadie podía haber previsto el rumbo que tomaría internet allá por los 90, cuando el CD tuvo su eclosión. Pero hay algo de justicia poética en ver cómo se derrumban aquellos gigantes que despreciaron y maltrataron de tal forma la disciplina para la que trabajaban. Creo que es un fenómeno que no se dió de forma tan flagrante en el cine o en la literatura. La industria cinematográfica se volvió acomodaticia, desde luego. Lo pagó en su momento, lo sigue pagando y probablemente le lleguen tiempos aún peores. Pero siempre permitió vivir dentro de ella, dentro de Hollywood, en el epicentro de la comercialización de su arte, a una serie de individuos extraños, cuyo talento les redimía de sus excentricidades. Tipos peculiares, pero que no vivían de su peculiaridad (como algunas estrellas del pop) sino que sobrevivían a ella para hacer películas.

En literatura, que es el arte de los extravagantes y los solitarios, siempre ha habido editores valientes, que se han atrevido a sacar al mercado libros a sabiendas de que no llegarán a ser rentables comercialmente, que no justificarán el trabajo empleado y que quizás sean hasta caros, pero los editan igualmente porque saben que son libros necesarios. Libros que puedan mover las ruedas del sistema, del canon, y hacer que la máquina se desperece una vez más y eche a andar, mientras a los espectadores nos asombra que ese montón de hierros retorcidos, apelmazados de manera ridícula, de los que se diría que ni siquiera debería tener la capacidad de echarse a andar. El resultado es un público que sigue comprando libros, un público lector que, con todos sus defectos y son muchísimos, por cierto, es infinitamente más arriesgado que el público musical. El resultado es un futuro más esperanzador para el libro, e incluso el libro en papel, del que tiene la música.

Entiendo que pueda parecer una postura inocente y me parecerá razonable cuando alguien me responda que las verdaderas vacas flacas al mundo editorial están por llegar, que el desembarco pirata aún no se ha producido. Pero la realidad es que hoy ya hay una cantidad tremenda de libros digitalizados, y se sigue comprando en papel. La realidad es que el público al que le gusta el libro también le gusta el formato en el que está el libro, que hay cierta identidad entre el receptor y el objeto y eso le da al objeto una posibilidad de supervivencia. El vinilo, por ejemplo, también consiguió cierta identidad propia y eso le ha dado algo de vida extra. El CD, en cambio, morirá sin remedio.

Por supuesto que en literatura existen ventajas añadidas. Por ejemplo, el hecho de que la literatura esté mucho más institucionalizada a nivel cultural que la música (y no digamos que la música pop). No es labor de las grandes discográficas formar el gusto de su público, pero, tal vez si hubiesen ayudado a crear un público más amplio, si hubiesen utilizado aunque sólo fuese una parte de esa tremenda capacidad de influencia en alentar la curiosidad de la gente, el negocio podría haberse reconducido de forma mucho más provechosa: hacia los conciertos, hacia las ediciones cuidadas... Se confundió al fan con el fiel. Se confundió la música con el espectáculo. El público compraba espectáculo, moda, costumbre. Hoy todo eso lo tiene gratis y es muy dificil pedirle que haga el favor de pagar por la música.

A muchos músicos, por cierto, les va mejor así.

martes, 1 de junio de 2010

Treme 2.0

Siempre ha existido la sospecha de que la llamada web 2.0 era, en parte, un mito en forma de etiqueta. Un nombre que era un carro antes de los bueyes, con el que se nombraba, de forma un tanto rimbombante, lo que no era otra cosa que la evolución inevitable de la expansión de la red. Probablemente en la invención del nombre -o quizás en su éxito- tuviese mucho que ver el interés en marcar una distancia con la época que había llevado a la crisis de las puntocom.

Como invento, como sustantivo, la "web 2.0" siempre ha sido un poco sospechosa, pero funciona bastante bien como adjetivo, en cuanto que sirve para definir un modelo de navegación basado en la actividad de quien, en los medios tradicionales, era un sujeto pasivo (por mantener la formulación gramatical). El que era receptor, el que leía o, como mucho, veía u oía, pasaba a ser parte del medio. Los foros se multiplicaron y surgieron espacios basados en la propia participación de los usuarios. Entre todos ellos, por supuesto, Youtube como paradigma.

Hace unos días estaba viendo un capítulo de Treme, la nueva serie de los tipos que hicieron The wire y que han decidido seguir haciendo The wire, sólo que, esta vez, los protagonistas se han mudado a Nueva Orleans. La serie está ambientada unos meses después del Katrina, cuando la población empieza a volver a la ciudad y en la urbe se vive en una especie de estado a medio camino entre lo adánico y lo apocalíptico. Por la ciudad ha pasado el infierno, ha llovido el infierno, pero luego el infierno ha seguido de largo y con él se ha llevado el crimen, la droga, la prostitución... De vez en cuando se oyen frases como "Todos los locos se han ido a Houston". La ciudad está devastada y los ciudadanos se sienten abandonados por las instituciones, pero entre ellos circula una cierta corriente, si no de solidaridad -no lega a tanto-al menos sí de comprensión. Sobre el desastre emerge un cierto optimismo, un optimismo que ya estaba en The wire, aunque aquí es más evidente, la parte cínicamente optimista que es consustancial a todo realismo y que señala que, en el peor de los casos, nadie puede ser algo mucho peor que un hombre.

En uno de los capítulos aparece John Goodman fascinado, viendo un video en el que su hija pequeña maldice en un video grabado en internet.

Se llama Youtube -le explica a su mujer-. Cualquiera puede colgar ahí lo que le dé la gana.

En otro capítulo John Goodman ve, también en Youtube, a George Bush animando a los ciudadanos de Nueva Orleans.

En un tercer capítulo (o quizás sea en el mismo) John Goodman se decide a grabar su propio video, que consiste en una filípica terrible contra George Bush, contra Texas, contra Nueva York, contra San Francisco... Un monólogo a la altura del mismísimo Coronel Kurt, con la ventaja de que, por encima del concepto abstracto y novecentista de "el horror" emerge la respuesta urbana del "id a tomar por culo".

A John Goodman como es lógico, el video lo convierte en una estrella de internet. Una de las primeras estrellas de Youtube, porque tanto el huracán como la página Web se dieron a conocer en el 2005. La gente le saluda por la calle, lo felicita, lo jalea; lo invita a que mande por ellos el mundo a la mierda. La gente no ha entendido aún lo que John Goodman intuía al ver el video de su hija pequeña y es que ya no es necesario buscar a un paladín mediático para que defienda nuestros derechos o de voz a nuestras incoherencias.

Aquí, un escritor mediocre, quizás dejaría la historia y se quedaría al borde del abismo,s in darse cuenta de lo peligroso que sería dejar la historia aquí. También sería tentador, claro. El impulso de la parábola, que sólo es válido (válido en el sentido de efectivo) cuando todos -quienes la cuentan y quienes la oyen- saben que es una parábola. Pero quienes escriben esta serie no son narradores mediocres. John Goodman, que al principio está encantado con su nueva popularidad, empieza a sospechar que algo huele a podrido en Dinamarca cuando se encuentra con un colega, alguien de su círculo (John Goodman es escritor y profesor universitario) que lo recibe entusiasmado y califica su video de poesía.

-Ese gilipollas compara mi mierda con Shakespeare -le dice luego a su mujer-. Creo que me está puteando.

Un escritor aún más mediocre que el que hubiese dejado la historia a la mitad, quizás habría querido continuarla con John Goodman abominando de la popularidad y de las máquinas. Huyendo hacia una vida heremítica lejos de la fama. Pero no es el caso. A John Goodman le encanta la popularidad y no deja su ordenador. Pero sospecha que lo que le ha llegado es una fama bastarda.