
Es casi un clásico. El título ya hace mucho, porque es una mezcla de provocación y amenaza.
En el año 2008 Nicholas Carr publicó su artículo "Is google making us stupid". En él compartía con sus lectores una sospecha terrible, la de que, desde unos meses atrás, el uso de internet, la lectura fragmentaria, el hecho de saltar de un pedazo de información a otro estaban acostumbrando a su cerebro a un modo de pensar distinto. Según Carr, desde hacía un tiempo venía notando que le costaba más concentrarse, que le era más dificil seguir argumentaciones extensas y que era incapaz de mantener el interés en un texto más allá de las cuatro o cinco páginas. En resumen, Carr constató, con noble preocupación, que se estaba convirtiendo en un estúpido.
Nicholas Carr no es un alérgico a la tecnología. No es alguien a quien uno se pueda imaginar bajando en patines calle abajo mientras lanza al viento panfletos que abogan por la rebelión contra las máquinas. El señor Carr es un escritor preocupado que constata el hecho de que la herramienta más maravillosa que ha encontrado nunca para su trabajo (la web) tiene un doble filo mortal. Sus teorías no están basadas en runas encontradas en las manchas de humedad de su alfombrilla de baño, sino en las teorías de McLuhan, ese señor que, desde el chiste de Woody Allen, ya nadie se atreve a explicar, pero que, en términos generales, hablaba de que los medios no son pasivos, sino que por su naturaleza, por su esencia, por el modo en el que llegan hasta nosotros determinan la forma de nuestro pensamiento.
Que internet es un medio fragmentario está bastante claro. Es su esencia, de hecho. Costará explicarles a los estudiantes del futuro que internet no nació para tener un sitio en el que poner el Youtube, sino como una herramienta de hipertexto inventada por un físico académico allá por los años 80. Es decir, que internet es, ante todo, una herramienta de hipertexto, su idea original es la unión de elementos y, por tanto, de fragmentos de una información mayor. Como hoy el texto se ha reducido e internet es una herramienta cada vez más compleja desde el punto de vista de su composición, habrá que empezar a hablar de una red hipersemántica, en lugar de una red hipertextual, pero, en cualquiera de los dos casos, el fondo de la cuestión es que su naturaleza es conectar contenidos.
Cada vez que leemos un texto en internet estamos rodeados de millones de tentaciones de saltar a otro y a otro y luego a otro más. Eso sin contar las tentaciones (distracciones) adicionales, que nada tienen que ver con el texto, como las pantallas que asaltan periódicamente con la promesa de ganar cien mil euros en el casino de montecarlo con sólo cinco minutos de tu tiempo, un poco de candidez y el pin de tu tarjeta de crédito.
Las grandes compañías, por cierto, parece que también se están dando cuenta de esto. La última versión de Safari incluye un botón que elimina todos los elementos gráficos de la página.
Es muy dificil de sostener que un medio como internet, que no sólo influye en nuestro ocio, como sucedía con la televisión, sino también en nuestro trabajo, en nuestras compras, etc no tenga una influencia decisiva en nuestro modo de pensar. La polémica se centraría más bien en dos cuestiones derivadas de la influencia de Internet sobre nuestra forma de pensar.
En primer lugar, está la cuestión de hasta qué punto es profunda esta modificación, de si se trata de un mero cambio de conducta o internet está afectando realmente a nuestras estructuras mentales. Gary Small, investigador de la Universidad de la Universidad de Californa, afirma que nuestro cerebro nunca había sufrido estímulos que hubiesen cambiado tan rápidamente su forma de trabajar. En este sentido parece apuntar claramente a la primera vía. En cambio, otros estudios afirman que estos cambios son más o menos profundos según nuestras acciones, es decir, que todavía dependen de las circunstancias y, por tanto, de nuestro modo de enfrentarlas (esto es, de la conducta). Hussein Hirjee, de la Universidad de Waterloo ha escrito un trabajo en el que demuestra sin ningún género de dudas que visitar ciertas páginas (como Facebook) afecta a nuestra concentración y nuestra memoria. En cambio, otras (como Youtube) no tienen un efecto particularmente negativo sobre estos ámbitos.
Queda una segunda cuestión, la de si estos cambios son una mera degradación de nuestros procesos mentales o una evolución de los mismos. ¿Si perdemos capacidad de concentración, ganaremos a cambio capacidad para interrelacionar conceptos? ¿Puede imitar el cerebro a la máquina? ¿Caminamos quizás hacia un mundo cibernético?
No hay comentarios:
Publicar un comentario