
La semana pasada supimos -porque alguien nos lo dijo- que la industria cultural española ha perdido 5000 millones de euros en el segundo semestre del 2009 por culpa de la piratería digital. Ya se sabe, ahora la gente está muy sensibilizada con esto del dinero y en seguida uno se pone a echar cuentas de, por ejemplo, cuántos ingresos habrían supuesto para el estado ese montón de millones pasando de forma adecuada por los filtros correctos, de cuántos puestos de trabajo no se habrán perdido. Uno se pone a calcular si hubiese sido suficiente al menos como para no congelar las pensiones de los jubilados, o para que la I+D+I en España llegase a ser más del 1.1% del total de la Unión Europea...
Yo no estoy demasiado al corriente de los medios de información. No es para estar orgulloso, pero es así. La actualidad es aburrida (o, dicho en formato chiste, actualmente la actualidad es aburrida). A veces escucho la radio camino del trabajo o miro los titulares de los periódicos, pero no más. Sin embargo escuché esta cifra machaconamente a lo largo de un día. Y, claro, da que pensar.
Da que pensar también el hecho de escuchar cinco veces un dato en un día y, sin embargo, no conseguir recordar qué sistema han utilizado para alcanzar esa cifra, qué fuentes han utilizado, en qué basan esas cifras. Por curiosidad he buscado la noticia en internet y, de nuevo, es muy fácil encontrarla, pero no hay ni rastro del sistema utilizado.
Puestos a mirar los datos con detenimiento, hay algunos que sorprenden. Por ejemplo, parece ser que, por sectores, el libro digital es uno de los menos afectados, con un 19.7%, lo que supone, según este estudio, unos doscientos millones de euros. Es decir, que según este estudio, el libro digital ha movido el semestre pasado en nuestro país ochocientos millones de euros. Supongo que la cifra se refiere únicamente a contenidos digitales, puesto que los aparatos, por ahora, parece que no están al alcance de la piratería.
Ochocientos millones de euroes es una cifra nada desdeñable que me hace releer con vergüenza una entrada que colgué aquí hace un par de días en la que, en un despliegue de ignorancia, decía yo que el libro digital no ha triunfado todavía en este país. Para esta reflexión me basaba en el, tengo que reconocerlo, escasamente científico sistema de ver cuántos libros digitales se ven por la calle.
En mi descargo diré que no tengo acceso a los eficientes estudios de mercado que barajan estos señores. Ahora sé que, cada español, se ha gastado -o debería haberse gastado, si no fuese por ese maldito 19,7 por ciento de piratas- en torno a veinte euros en libros digitales el año pasado. Es decir, que si usted no se ha gastado ni un duro en libros digitales durante el segundo semestre del 2009, debe saber, en primer lugar, que es un bicho raro y que ya iba siendo hora de que alguien se lo dijese, y en segundo lugar que el señor/a que tiene al lado en el despacho, o su vecino/a de abajo, o el tipo que siempre saca a pasear al perro a la hora a la que usted se va a trabajar y sigue paseando al perro a la hora de la que usted vuelve de trabajar, y del que usted siempre se ha preguntado con qué horarios se maneja, cualquiera de ellos se ha exprimido el bolsillo hasta llegar a los cuarenta euros para compensar su desidia cultural-digital. Como a esto tenemos que añadir a los niños menores de cinco años y a los tipos que consideran que las cualidades estéticas de un coche se miden en neones x cm cuadrado -ambos se desacartan por las mismas razones- comprobaremos que la cantidad es aún mayor.
Por supuesto, el sector más desfavorecido es el musical. Es más, uno casi tiene la tentación de leer el informe pensando que, quien lo ha hecho, tiene algún interés en presentar a la industria musical como los pobres huerfanitos de este cuento, envueltos en un aura de pobreza dickensiana. El caso es que, hace pocos días, aparecía una noticia en el país que decía que los ingresos generados por la industria musical no habían variado entre 2005 y 2008. Además, son muchos los que comentan que la música más o menos independiente no había estado nunca tan activa y antes de la crisis, por ejemplo, los conciertos abundaban tanto y se pagaban de tal manera que algunos festivales dieron la voz de alarma por los precios disparatados que las bandas estaban imponiendo por sus actuaciones.
Esto no quiere decir que no haya gente que pierda dinero con este asunto de la piratería. Hay gente que pierde muchísimo dinero y que sólo lo recupera en parte con esos extraños cánones impuestos sobre los sistemas de grabación digital, acerca de los cuales Europa ya ha dado un toque da tención diciendo que eso de que una compañía privada imponga un impuesto a una serie de aparatos que, por ejemplo, todas las empresas necesitan para sus labores administrativas, es una cuestión bastante peliaguda.
Entre la gente que está perdiendo dinero con todo este asunto de la piratería, están los músicos,claro. Algunos más que otros, por supuesto. Pero quienes más están perdiendo son, sin duda, las compañías discográficas. De nuevo, unas más que otras. Quienes más están perdiendo en todo este asunto son aquellas supercompañías discográficas que todos los años tenían uno, dos, tres de sus discos en las listas de los más vendidos del año y que, durante un par de lustros, vieron cómo su negocio parecía una máquina invulnerable de hacer dinero. Precisamente, esas listas de "los más vendidos" se convirtieron en uno de los totems del modelo de negocio que privilegiaban estas compañías. Un modelo en el que unos pocos discos alcanzaban unas ventas disparatadas, mientras el resto apenas existía. Las compañías alentaban este sistema, porque permitía, por ejemplo optimizar sus maquinarias de marketing centrándose en una o dos mega-estrellas, en tiempos en los que era imposible hacerse famoso con Youtube.
Estas discográficas llegaron a tener un dominio del mercado tan fabuloso, que practicamente podemos decir que escogían qué discos serían los más vendidos del año. Dentro de unos márgenes, por supuesto, en cuanto que hay que añadir a la ecuación, al menos, el factor de la competencia entre estas mismas grandes productoras. Al margen de eso, sólo hay que ver las listas de discos más vendidos entre 1990 y 2005 para darse cuenta del inmenso poder que estas empresas tuvieron sobre el gusto del público.
Esto, al final, nos lleva a la cuestión de qué hicieron estas superempresas con el poder que el mercado les había dado. Qué camino decidieron tomar cuando se vieron en esta posición de mando sobre el gusto musical de toda una generación. Pues bien, las compañías decidieron no hacer nada. O mejor dicho, decidieron sacar rendimiento a un público cuya mejor virtud era la de comprar de forma masiva un producto determinado. Tengo un amigo que afirma que quienes solían comprar música lo siguen haciendo, y que quienes han dejado de comprar son aquellos a los que la música les importa un bledo, los que se compraban cada semana el CD de Operación Triunfo, sin más razón que era lo que tocaba en ese momento.
Yo no me atrevería a decir tanto. Quizás alguien que se compraba cada semana el CD de operación triunfo sí podía ser un amante de la música. Ahora bien, lo que está claro es que el CD de operación triunfo (y si lo cito tanto, no es por que le tenga una manía especial, sino porque encabezó las listas de ventas de este país durante muchas semanas y me sirve como ejemplo en muchos sentidos) no es el tipo de música que se compra alguien que tenga una inquietud por descubrir experiencias nuevas con la música. El CD de operación triunfo no dejaba de ser un ejemplo perfecto del tipo de mercado que se fomentaba, un mercado muy atento a la publicidad, que quedaba satisfecho con escuchar versiones de canciones, cantadas por postadolescentes que se les habían hecho familiares gracias a la televisión. El público objetivo era el de aquellos que habían cambiado el gusto por la costumbre, entendiendo que esto no es una crítica a un gusto determinado, sino a la renuncia a tener un gusto propio.
Ese era el público que las discográficas habían ayudado a crear. Operación Triunfo perfeccionó el método que habían utilizado durante años las radiofórmulas; un público acomodado, que, a la hora de comprar, se decidiese invariablemente por alguno de los diez discos previstos para alcanzar el número uno de ventas, con sonidos cada vez más parecidos, con cantantes cada vez más parecidos, con canciones que eran, de forma explícita o implícita, versiones de canciones.
El resultado es la música pop de los noventa y de la primera década del milenio.
Hoy las discográficas y los cantantes que las acompañan se echan las manos a la cabeza. Por supuesto, nadie podía haber previsto el rumbo que tomaría internet allá por los 90, cuando el CD tuvo su eclosión. Pero hay algo de justicia poética en ver cómo se derrumban aquellos gigantes que despreciaron y maltrataron de tal forma la disciplina para la que trabajaban. Creo que es un fenómeno que no se dió de forma tan flagrante en el cine o en la literatura. La industria cinematográfica se volvió acomodaticia, desde luego. Lo pagó en su momento, lo sigue pagando y probablemente le lleguen tiempos aún peores. Pero siempre permitió vivir dentro de ella, dentro de Hollywood, en el epicentro de la comercialización de su arte, a una serie de individuos extraños, cuyo talento les redimía de sus excentricidades. Tipos peculiares, pero que no vivían de su peculiaridad (como algunas estrellas del pop) sino que sobrevivían a ella para hacer películas.
En literatura, que es el arte de los extravagantes y los solitarios, siempre ha habido editores valientes, que se han atrevido a sacar al mercado libros a sabiendas de que no llegarán a ser rentables comercialmente, que no justificarán el trabajo empleado y que quizás sean hasta caros, pero los editan igualmente porque saben que son libros necesarios. Libros que puedan mover las ruedas del sistema, del canon, y hacer que la máquina se desperece una vez más y eche a andar, mientras a los espectadores nos asombra que ese montón de hierros retorcidos, apelmazados de manera ridícula, de los que se diría que ni siquiera debería tener la capacidad de echarse a andar. El resultado es un público que sigue comprando libros, un público lector que, con todos sus defectos y son muchísimos, por cierto, es infinitamente más arriesgado que el público musical. El resultado es un futuro más esperanzador para el libro, e incluso el libro en papel, del que tiene la música.
Entiendo que pueda parecer una postura inocente y me parecerá razonable cuando alguien me responda que las verdaderas vacas flacas al mundo editorial están por llegar, que el desembarco pirata aún no se ha producido. Pero la realidad es que hoy ya hay una cantidad tremenda de libros digitalizados, y se sigue comprando en papel. La realidad es que el público al que le gusta el libro también le gusta el formato en el que está el libro, que hay cierta identidad entre el receptor y el objeto y eso le da al objeto una posibilidad de supervivencia. El vinilo, por ejemplo, también consiguió cierta identidad propia y eso le ha dado algo de vida extra. El CD, en cambio, morirá sin remedio.
Por supuesto que en literatura existen ventajas añadidas. Por ejemplo, el hecho de que la literatura esté mucho más institucionalizada a nivel cultural que la música (y no digamos que la música pop). No es labor de las grandes discográficas formar el gusto de su público, pero, tal vez si hubiesen ayudado a crear un público más amplio, si hubiesen utilizado aunque sólo fuese una parte de esa tremenda capacidad de influencia en alentar la curiosidad de la gente, el negocio podría haberse reconducido de forma mucho más provechosa: hacia los conciertos, hacia las ediciones cuidadas... Se confundió al fan con el fiel. Se confundió la música con el espectáculo. El público compraba espectáculo, moda, costumbre. Hoy todo eso lo tiene gratis y es muy dificil pedirle que haga el favor de pagar por la música.
A muchos músicos, por cierto, les va mejor así.
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