Mayormente va de libros

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viernes, 25 de junio de 2010

Detalles hispanos

Ya me han reprochado (y con razón) que yo empecé este blog prometiendo tratar de libros y, hasta ahora, he hablado de todo menos de libros. El caso es que no me acabo de decidir, porque quisiera darle a este blog una cierta coherencia temática dentro de lo que es la literatura (o la bibliofilia) en general

El problema es que, mientras me decido, voy colgando entradas de vez en cuando y, claro, cada una habla de una cosa distinta y es peor el remedio de esperar que la enfermedad de precipitarse, por lo menos en términos de alcanzar cierta uniformidad temática.

Voy a hacer el propósito de que esta sea la última entrada que no trate directamente de lo que nos interesa. Ya tengo, además, los objetivos en mente y hasta tengo algún amigo al que tratar bien, cosa que, por suerte, voy a poder hacer sin nada de lo que avergonzarme.

La anterior entrada iba de política y me temo que esta va a seguir el mismo camino. Ya se sabe, hay que tocar fondo. El caso es que, como dicen en la tele, en capítulos anteriores comentaba yo la vergüenza que me producía nuestro presidente socialista, porque, incluso para quien no se considera en absoluto un socialista, su política se ha hecho poco digna de marcarse con una ideología de este tipo. El gobierno de ZP no es socialista, ni siquiera de izquierdas. Es un gobierno capitalista, sin más, y que conste que quien escribe esto no mantiene un blog paralelo en el que aboga por el advenimiento de la anarquía ni por cruzar con barricadas la avenida de los Jerónimos (que, bien visto, puede no ser mala idea) pero creo que este de "capitalista" es el adjetivo más exacto que se le puede dedicar a una política muchísimo más atenta a sobrevivir a los usos del sistema –el sistema electoral, el sistema económico- que a manejarlos o transformarlos. No digo yo que el socialismo sea eso, la transformación necesaria del sistema capitalista, porque eso sería como retroceder unos cuarenta años en la historia. Hoy sabemos que el socialismo puede y debe conformarse con ciertas situaciones, lo que inquieta algo más -o quizás ya no inquita, pero aún sorprende un poco- es que esa resignación se convierta en el punto central de una forma de socialismo. Un dato bastante ilustrativo de esta situación es que tanto Francia como Alemania, con sus gobiernos de izquierdas, han propuesto medidas de control a la banca y contra la especulación bursátil, mientras que el gobierno español se ha limitado a quejarse de lo terriblemente malos que son esos señores extranjeros que atacan al mercado español y que no son judeo-masones simplemente porque eso ya no se lleva.

También es verdad que en España no está el horno para bollos, ni tenemos ya mucho margen para quijotadas.

En fin, que las diferencias entre nuestro presidente socialista y "el otro" -"el otro", por cierto, es como yo le llamo a ese que pudo haber ganado y no ganó, pero todavía puede ganar, aunque ya veremos- es una forma de actuar y, sobre todo, de posicionarse, en ciertos temas sociales. Sucede con el matrimonio gay, por ejemplo, que no ha hecho más que legalizar una perogrullada como que dos personas del mismo sexo, que aportan al estado lo que este les exige como ciudadanos, tienen el derecho a recibir del estado las mismas ventajas que este concede a dos personas de distinto sexo. Digo que es de perogrullo porque, si la homosexualidad es legal -y creo que lo es- entonces disfruta de todos los derechos de la legalidad.

La diferencia, entonces, entre el presidente socialista y "el otro" es pequeña, pero está ahí. “El otro” aquí juega en terreno peligroso, porque sabe o intuye que hay ciertas cosas muy difíciles de atacar sin caer en anacronismos. La diferencia entre los dos es pequeña, pero muchas veces es la que nos salva de la indigencia moral absoluta. No es mucho, pero es algo. Puntualmente, en ocasiones, es bastante.

Todo esto viene al caso porque he recibido –no sé por qué- la sugerencia de unirme en una red social a una especie de cenáculo virtual que apoya la petición de elecciones anticipadas. El símbolo de este grupo de amigos y patriotas preocupados por el devenir nacional es un grupo de cuatro muñecos alrededor de una urna. Si uno se fija bien, los muñecos se dan la mano. Si uno lo mira deprisa, los muñecos parece que se han reunido alrededor de la urna para orinar.

Al parecer, el cenáculo en cuestión, está apoyado, o directamente creado, no lo sé, por la cadena COPE, que ya saben ustedes de quién es, de dónde viene (se la ve venir) y a dónde va. Este cenáculo se presenta con un manifiesto extraordinariamente vago, cosa que, la verdad, no extraña demasiado. Está escrito en el idioma de las dos Españas, que es un idioma parecido al castellano, sólo que adaptado a un uso particular. Igual que el alemán fue evolucionando hasta convertirse durante el S XIX en un arma lógica de filo místico-folclórico (ya sabemos cómo acabó aquello) el castellano de las dos Españas es un idioma extraño, o dos idiomas extraños, sofisticados como un cuento oriental. Dos idiomas que son tan idénticos que no se pueden reconocer a sí mismos y que han ido evolucionando hasta convertirse en una herramienta perfecta, capaz de retorcer hasta la metafísica cuestiones como la economía, las matemáticas y hasta la geología, si fuese menester.

Uno de los párrafos del manifiesto dice literalmente:

Se ha producido un distanciamiento muy peligroso para la vida democrática entre su legitimidad formal y su legitimidad real.

Otra diferencia entre el presidente socialista y "el otro" es que éste aún no ha sabido romper con esto. Y puede que hasta quiera, pero también puede que no. En cualquier caso, no lo ha hecho, que ya es bastante. Eso de decidir quién tiene legitimidad formal y quién tiene legitimidad real es bastante peligroso. Yo he usado expresiones parecidas en algún momento, porque sí creo que un gobierno, aunque sea un gobierno democrático, no está legitimado para gobernar con el único límite de la constitución. También creo que la constitución es un límite muchas veces demasiado rígido, pero esto me parece un mal necesario.

Un gobierno, por ejemplo, no está legitimado para ceder soberanía nacional, por eso el proceso europeo es tan peliagudo y por eso tienen algo de agresión oligárquica. Un gobierno tampoco está legitimado para declarar una guerra no defensiva ni para comprometer el futuro nacional en cuestiones como sanidad o educación. Un gobierno no está legitimado para vender territorio nacional.

Escogemos nuestros gobiernos para gestionar la riqueza de la nación y para representarla a nivel internacional. Luego lo que haga el gobierno puede gustar más o menos, pero la democracia es el arte de saber chincharse. Este es el juego. Poner en duda la legitimidad real de un gobierno es otro juego distinto, uno más peligroso en el que la legitimidad ya no está marcada por textos y normas sino por la inspiración, el bullicio y la bronca. De esto no se ha sabido separar "el otro" y esto puede ser importante o no. En algunos momentos puede que sea cuestión de detalle, pero cuando las cañas se convierten en lanzas recordamos que Dios está en los detalles.

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