
¿Podemos hablar de un triunfo del libro digital?
Hace unos meses, poco antes de Navidad, se empezó a hablar del año del libro digital.
Quizá sea más correcto hablar del Año del libro digital.
Algunos blogs empezaron a hablar de un maná inagotable de libros digitales que, una vez más, serían el último escalón hasta la encarnación final de la mítica biblioteca borgesiana. La reactualización de este mito borgesiano - lo borgiano es otra cosa, por cierto- es, además, uno de los efectos colaterales de la aparición de internet, de la aparición (en realidad reaparición) del libro digital y de las digitalizaciones masivas que algunas nuevas y omnipotentes empresas (premio para el caballero) han estado llevando a cabo.
Quizás sea el momento de recordar que Borges fue, al menos en prosa, el gran humorista de las letras castellanas del S XX.
Hace unos mese, la aparición del nuevo Kindle, la llegada de nuevos dispositivos y la inminencia de la navidad dispararon las cotización de los que apostaban por el futuro del libro, el futuro de la edición, el futuro de la lectura el futuro de la educación y, en general, el futuro de todo cuanto en algún momento había estado ligado a esos feos mamotretos, acaparadores de polvo, que algunos snobs trasnochados insistían en guardar en sus casas.
El libro electrónico subía como la espuma, al menos en los círculos de expertos que luego resultaron ser más expertos que videntes, porque la programada "Navidad del libro digital" no llegó nunca, a pesar de que incluso desde instancias gubernamentales se creyó en el milagro de que, por una vez, España no sería el último país de Europa occidental en subirse a una revolución tecnológica. El gobierno bajó el IVA del libro digital y alguien, en algún lugar entre el ministerio de educación el ministerio de cultura y el ministerio de economía debió quedarse un buen rato en su sillón masajeándose las sienes con gesto meditabundo para dar reposo a sus, sin duda, agotadas meninges. Suponía, sin duda, que el ciudadano medio español, a la vista de la milagrosa dádiva de un doce por ciento de reducción en el IVA daría rienda suelta a sus ansias lectoras, a las que no había dado salida antes porque el español medio, de alguna manera, intuía ya que el libro era un instrumento anticuado o que iba camino de serlo y no quería ser cogido en falta por sus hijos o sus nietos cuando en una fotografía apareciese él haciendo uso de tan anticuado y ridículo artefacto.
Ya hemos visto que no fue así. Ni la ayuda gubernamental, que ya de paso, transformó el libro digital en un bien de interés cultural y desterró para siempre la molesta etiqueta de "chisme", "maquinita" o "cacharro" que le acompañaba hasta ese momento, ni el pomposo anuncio de Amazon de que, por primer vez, había vendido más libros digitales que libros en papel sirvieron para que las navidades el ebook se quedasen en las Navidades a secas o las navidades de la crisis (que también esto tendrá algo que ver).
Que la navidad del libro digital no fue tal, no lo digo ahora basándome en estadística alguna. Sólo hay que dar un paseo por la calle, acercarse a las librerías o, por qué no, también ver las estadísticas de ventas. Por supuesto, muchos de los libros que se leen en los reproductores digitales dificilmente serán cuantificables por las estadísticas. El mercado de libros digitalizados de forma gratuita, de manera legal o ilegal, es casi interminable.
Tenemos esto en cuenta, como también tenemos en cuenta que los defensores del digital argumentarán que sus huestes plásticas están en el camino de la victoria, y recordarán que, no pocos meses atrás han visto a cierto joven en el metro manejando con soltura un kindle o un papyre. Cuando los digitófilos (término recien acuñado del que espero sacar partido) sacan a relucir argumentos de este corte -que enuncian casi de carrerilla, porque la verdad es que, a falta de recambio, se ven forzados a usar el mismo ejemplo una y otra vez, y eso deja en su dicción ciertos posos de monotonía- los digitófobos (término de reciente acuñación, nacido para contrarrestar la potencia satírica del anterior) replican que también ellos han visto alguan vez en el metro a jovenzuelos de estética postpunk luciendo peinados imposibles que parecen surgidos de la pesadilla más horrible de Nikola Tesla, pero que no por eso suponen que sean los precursores de una moda en ciernes ni hacen acopio de lacas, gominas y escalpelos.
Es cierto además que, por cada lector digital que encontramos por la calle, tenemos un par de cientos de lectores de toda la vida.
Ahora bien, siempre se ha dicho que en España, lo que es leer, se hace más bien poco. Y si pocos son los lectores de este país y de esta rara especie los lectores digitales no son más que una fracción minúscula, tenemos que concluir que el libro digital, por el momento, es un fracaso tanto en términos relativos como absolutos.
Me dicen amigos digitófilos, cuyo criterio tengo en mucha estima, que el libro digital no sólo es necesario por el bien del lector. Que ya está haciendo crecer los índices de lectura en Estados Unidos. Que en Argentina (donde se compra la mitad y se leen el doble de libros que en España) el libro electrónico ya ha calado. Que los lectores más ávidos por fín podrán disponer de espacio en sus casas para colocar peceras y plantas tropicales allí donde sólo había papel y señales que recomendaban bajar la voz por peligro de aludes.
Me dicen mis amigos digitófobos, que no se ven con un libro digital, que para ellos la experiencia de la lectura no consiste únicamente en pasar la vista sobre una serie de signos cuyo código les resulta inteligible, sino también en sentir el libro; en tener el papel entre las manos; en olerlo y pesarlo; en guardarlo en el fondo de una mochila con algunos libros más para sacarlo en el momento clave de una discusión y ponerlo sobre la mesa con un golpe seco, como quien saca el as definitivo que sella una partida de tute cuando aún quedan tres cartas en la mano.
A mis amigos digitófilos, por cierto, todo esto les parece una soberana tontería -una tontería fácil de satirizar, además- pero es que de mis amigos digitófilos pocos, muy pocos se pueden considerar lectores voraces.
Creo que mis amigos digitófilos llegarán a tener razón en algún momento, pero que ese momento está más lejos de lo que creen. Creo que falta bastante para las navidades del ebook en España y que, cuando lleguen aún tendrán que convivir con esos anacrónicos mamotretos durante un buen tiempo.
Mis amigos digitófilos tendrán que reconocer que, por cada lector digitófilo, hay quince digitófobos y que son estos los que, hasta ahora, han mantenido viva la industria editorial de este país. ¿Se puede hacer literatura al margen de la industria editorial? Desde luego que sí, pero ya veremos como.
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