Hay que desconfiar, por principio, casi diría que por reflejo, de la gente que escribe libros sobre poetas. Conste que lo digo sin ningún tipo de ironía. Si ve usted a alguien escribir sobre poesía (y escribir poesía ya ni le cuento) cambie de acera, esconda a sus hijos, encierre el ganado. Cumpla, en definitiva, los principios básicos a seguir en caso de razia moruna o ataque nuclear, porque ese individuo, está claro, no pertenece a este planeta. Su reino no es de este mundo, como decía aquel, sólo que aquel era un tipo más o menos razonable y calmado (salvo algún que otro ramalazo que quiso dirimir precisamente a ramazo limpio) que son características que no hay que dar siempre por supuestas en alienados ni poetas.
Uno coge un libro titulado, precisamente "Sobre tumbas de poetas" y más o menos puede echarse a temblar. El autor, Cees Nooteboom, tampoco es demasiado famoso en España, aunque tiene un cierto cartel a nivel internacional. Cada año, cuando empiezan a sonar las candidaturas al novel, sale el nombre del señor Nooteboom, aunque es verdad que suele salir dentro de una categoría propia, la de aquellos a los que más o menos se sabe que no les van a dar el novel, pero veremos qué pasa el año que viene. El gran dominador de esta categoría, claro, es Philiph Roth, que es como el Nadal de esta competición paralela.
El señor Nooteboom, aparte de por su candidatura novelesca de hoja perenne es un tipo conocido internacionalmente por varias características que enunciamos a continuación:
1-El nombre de Cees Nooteboom es absolutamente imposible de escribir a la primera. Siempre se falla, al menos un par de veces, en el número de vocales.
2-El señor Cees Nooteboom es un señor que, aparte de escribir de poesía -que da mucho miedo- escribe mucho sobre viajes -que ya es algo más alentador-. No hay tantos escritores que hayan conseguido prestigio internacional escribiendo sobre viajes. Normalmente estas cosas se consiguen -o se intentan conseguir- escribiendo libros de cuantrocientas páginas sobre escritores frustrados que trabajan como profesores frustrados y consideran que es absolutamente necesario comunicarle al mundo sus reflexiones acerca de que vivimos en un mundo de mierda y sobre las mujeres que no han querido bailar con él quince años atrás. Respecto a esto, aunque sé que es divagar, creo que le haríamos un gran servicio a la literatura universal con una propuesta de ley según la cual estuviese prohibido escribir una novela de más de quinientas páginas de cuyo protagonista no pudiésemos sospechar cabalmente que sea capaz de desmontar una caja fuerte con un destornillador.
3-El señor Cees Nooteboom parece tener la habilidad de conseguir amigos interesantes. Esto puede ser bueno o malo. Escribir sobre los amigos que uno tiene es como bailar: no basta con saber hacerlo, sino que además esa capacidad debe parecer innata. En el caso del señor Nooteboom la habilidad no está del todo mal conseguida, aunque a veces sí parece que se ven algunos hilillos.
4-El señor Cees Nooteboom tiene como principal virtud literaria la competencia a la hora de crear pequeñas intrigas entre las frases. A veces la cosa le queda un tanto epigramática. El señor Cees Nooteboom juega en corto, juega al toque y al pie. Desde que España ganó el mundial de fútbol suponemos -lo veníamos intuyendo desde el Barça de Guardiola- que esa es la forma correcta de jugar, pero lo cierto es que esto no está tan claro. No está tan claro en el fútbol y, sobre todo, no está tan claro en los libros, que, claro, no son exactamente igual que el fútbol, por lo menos algunas veces.
En los libros -en el fútbol no me meto, que ya son cuestiones serias- a veces no se trata tanto de jugar bonito o de ganar -de hecho, nunca se trata de ganar, porque aquí ganar es imposible- sino de quedar extenuado, con la lengua fuera, con las piernas acalambradas y los pulmones ardiendo hasta caer sobre el cesped con los brazos en cruz.
Insisto, esto sólo es así a veces, pero cuando pasa casi siempre merece la pena.
El caso es que el señor Nooteboom, por todo lo que acabamos de decir, se ha ganado el derecho a escribir un libro de viajes y de poesía. Un libro que tiene dos cosas buenas y una tercera, que es la mejor. Una cosa buena es que nos descubre a autores imprevistos, de esos que están en lo que Even Zohar llamaría "sistemas culturales diferentes" y que básicamente es el país que no habitaremos los que no tenemos ni la menor idea de holandés y no sepamos más que los números en alemán. La otra cosa buena es que contagia una cierta sensación de ternura por la poesía y, por extensión, por los poetas. Nosotros somos gente cultivada. Sabemos, por tanto, que los poetas, sobre todo los grandes poetas, son por lo general una de las razas más deleznables de la tierra. Insisto, en que todo esto está dicho sin ninguna ironía. Si usted lo cree así, le recomiendo que visite alguna que otra biografía de poetas conocidos. Le garantizo que no tardará en hacerse con una panoplia completa de barbaridades e hijoputadas que van de lo chusco a lo grotesco. Si no tiene usted mucho tiempo, le recomiendo que empiece por Valle. Como se reirá usted un rato -porque la verdad es que el cabrito tenía gracia- le sugiero que piense usted en lo que sería tener a semejante elemento de vecino.
Lo mejor del libro de Nooteboom es que no trata de poetas muertos, sino de tumbas de poetas, que, claro, es mucho más alegre. Las tumbas, ya se sabe, son un monumento a la contradicción, por aquello de que se hacen para los muertos, pero sólo sirven para los vivos. Si uno lo piensa, el mundo está lleno de cosas que se hacen para un sujeto, pero tienen a otro como destinatario final. Así a bote pronto, se me ocurren, por ejemplo, las balas, la lencería fina, las biografías, las biografías no autorizadas y las autobiografías no autorizadas. Esto de escribir sobre tumbas y no sobre muertes, se traduce en un libro a ratos vitalista, a ratos divertido, aunque nunca demasiado.
Hay muchas anécdotas que merece la pena leer. Tengo debilidad por la de Bioy, que no sé por qué sigue sin llegar a tener ese reconocimiento como uno de los más grandes escritores del S XX. La sombra de Borges es alargada, supongo. El caso es que me encanta esa imagen de Bioy, anciano que habla de la novela que quiere escribir aunque no llegará a hacerlo. "Tratará de una isla, otra vez" le dice Bioy al señor Nooteboom. Es la última vez que se ven, es la última vez que hablan. Bioy le dice "tratará de una isla" y se ríe, y el señor Nooteboom se va, y Bioy se queda y se muere, no en el momento, sino poco después, pero se muere, así que lo último que Bioy le dice al señor Nooteboom es aquello de "tratará de una isla" y cualquiera que haya leído La invención de Morel como lo que es: una novela perfecta -para lo bueno y para lo malo, aunque tiene más de bueno que de malo- tiene que darse cuenta de lo que significa algo así.
Decía que el libro es a veces vitalista, a veces hasta divertido. En realidad, para cualquiera de las dos cosas, nunca lo es demasiado. Desde luego, nunca grotesco, porque el señor Nooteboom es un hombre demasiado serio para eso. Nada que reprochar, aunque a veces se hecha de menos un poco de más mala leche o un ánimo un poco más rupturista, porque, ya que tenemos las tumbas a lado, a veces uno tiene la tentación de pensar que sería divertido ver al señor Nooteboom -que, insisto, da la impresión de ser un hombre serio- bailando un fox-trot sobre una lápida o echando una partida de cartas sobre el tejado de un mausoleo.
Pero la cosa no pasa así y quizás esté bien que así sea.
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