La idea es sencilla. La gente vota a favor y en contra de los libros -libros propuestos por los propios usuarios- hasta el momento definitivo del fuego o el paso a la biblioteca eterna. Tanto el uno como la otra, aparentemente, sólo existen en términos estrictamente virtuales.
Esta idea de salvar y quemar libros nos lleva, claro, a la famosa recensión del Quijote, al capítulo en el que el cura y el barbero depuran la biblioteca de su alucinado camarada. El nombre nos lleva a Orwell, porque esos 233 grados, en centígrados, son también los 451 carimáticos grados Fahrenheit con los que arden los libros.
También nos lleva por las vías de las grandes quemas de libros en Europa en este siglo XX, que no sabemos del todo si ha terminado de pasar, porque claro, cualquiera se fía.
También nos lleva por las vías de las grandes quemas de libros en Europa en este siglo XX, que no sabemos del todo si ha terminado de pasar, porque claro, cualquiera se fía.
El funcionamiento de la pagina es sencillo. La gente vota si un libro merece salvarse o morir en la hoguera, y así se va configurando una lista con un panteón de santos (recuerdo ahora que, según San Pablo, también estos tenían que pasar a través del fuego,imagino que por si las moscas) y un panteón de condenados irremediables. Hay que reconocer que la idea tiene su atractivo. Quién no ha tenido alguna vez el impulso de confeccionar una lista de libros que, por el bien común, suponemos que deberían ser pasto de las llamas. Aquella idea de Lázaro de Tormes de que no hay libro del que no se pueda sacar algo bueno, parece definitivamente superada.
De esta página llaman la atención un par de cosas:
Primero, que la lista de los libros a quemar es superior a la lista de los libros a salvar, cosa que ya pasaba con el cura y el barbero hace cosa de cuatrocientos años, por lo que vamos a tener que empezar a pensar en una constante histórica.
Segundo, que la versión beta funciona todavía bastante mal, y que hay que tener mucho cuidado de dónde se toca con el ratón porque, en menos que canta un gallo, la página empieza a abrirte ventanitas indeseadas que, por lo menos, no te llevan a ninguna parte, cosa que no se acaba de saber si es un error o una metáfora sutilísima.
Tercero, y esta ya es una cuestión personal, que mi salud lectora, por el momento, se mueve en la esfera de lo celestial, porque de la lista de libros que están en el top ten de los condenados o no he leído o, directamente, ni siquiera tengo noticia de ninguno de ellos, aunque uno en concreto, titulado Crimen en directo por lo menos me ha parecido que tiene una premisa interesante y reconozco que, si no fuese por mi miedo patológico a todo lo infernal (salvo que estemos hablando de blues, rock, jazz así como de ritmos y locales afines) quizás me acercaría a echarle un vistazo ocasional.
Cuarta, que Juan Manuel de Prada cae muy mal y razones hay para ello, pero de vez en cuando sí sabe juntar letritas.
Quinta, que mi salud lectora no está tan en el reino celestial como yo creía, porque en la lista de libros ya salvados, esto es, ya depositados en el cielo de la biblioteca eterna hay dos de Saramago y dos de Murakami, que no digo yo que merezcan el fuego, pero sí me parece que han salido muy pronto del limbo
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