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martes, 1 de junio de 2010

Treme 2.0

Siempre ha existido la sospecha de que la llamada web 2.0 era, en parte, un mito en forma de etiqueta. Un nombre que era un carro antes de los bueyes, con el que se nombraba, de forma un tanto rimbombante, lo que no era otra cosa que la evolución inevitable de la expansión de la red. Probablemente en la invención del nombre -o quizás en su éxito- tuviese mucho que ver el interés en marcar una distancia con la época que había llevado a la crisis de las puntocom.

Como invento, como sustantivo, la "web 2.0" siempre ha sido un poco sospechosa, pero funciona bastante bien como adjetivo, en cuanto que sirve para definir un modelo de navegación basado en la actividad de quien, en los medios tradicionales, era un sujeto pasivo (por mantener la formulación gramatical). El que era receptor, el que leía o, como mucho, veía u oía, pasaba a ser parte del medio. Los foros se multiplicaron y surgieron espacios basados en la propia participación de los usuarios. Entre todos ellos, por supuesto, Youtube como paradigma.

Hace unos días estaba viendo un capítulo de Treme, la nueva serie de los tipos que hicieron The wire y que han decidido seguir haciendo The wire, sólo que, esta vez, los protagonistas se han mudado a Nueva Orleans. La serie está ambientada unos meses después del Katrina, cuando la población empieza a volver a la ciudad y en la urbe se vive en una especie de estado a medio camino entre lo adánico y lo apocalíptico. Por la ciudad ha pasado el infierno, ha llovido el infierno, pero luego el infierno ha seguido de largo y con él se ha llevado el crimen, la droga, la prostitución... De vez en cuando se oyen frases como "Todos los locos se han ido a Houston". La ciudad está devastada y los ciudadanos se sienten abandonados por las instituciones, pero entre ellos circula una cierta corriente, si no de solidaridad -no lega a tanto-al menos sí de comprensión. Sobre el desastre emerge un cierto optimismo, un optimismo que ya estaba en The wire, aunque aquí es más evidente, la parte cínicamente optimista que es consustancial a todo realismo y que señala que, en el peor de los casos, nadie puede ser algo mucho peor que un hombre.

En uno de los capítulos aparece John Goodman fascinado, viendo un video en el que su hija pequeña maldice en un video grabado en internet.

Se llama Youtube -le explica a su mujer-. Cualquiera puede colgar ahí lo que le dé la gana.

En otro capítulo John Goodman ve, también en Youtube, a George Bush animando a los ciudadanos de Nueva Orleans.

En un tercer capítulo (o quizás sea en el mismo) John Goodman se decide a grabar su propio video, que consiste en una filípica terrible contra George Bush, contra Texas, contra Nueva York, contra San Francisco... Un monólogo a la altura del mismísimo Coronel Kurt, con la ventaja de que, por encima del concepto abstracto y novecentista de "el horror" emerge la respuesta urbana del "id a tomar por culo".

A John Goodman como es lógico, el video lo convierte en una estrella de internet. Una de las primeras estrellas de Youtube, porque tanto el huracán como la página Web se dieron a conocer en el 2005. La gente le saluda por la calle, lo felicita, lo jalea; lo invita a que mande por ellos el mundo a la mierda. La gente no ha entendido aún lo que John Goodman intuía al ver el video de su hija pequeña y es que ya no es necesario buscar a un paladín mediático para que defienda nuestros derechos o de voz a nuestras incoherencias.

Aquí, un escritor mediocre, quizás dejaría la historia y se quedaría al borde del abismo,s in darse cuenta de lo peligroso que sería dejar la historia aquí. También sería tentador, claro. El impulso de la parábola, que sólo es válido (válido en el sentido de efectivo) cuando todos -quienes la cuentan y quienes la oyen- saben que es una parábola. Pero quienes escriben esta serie no son narradores mediocres. John Goodman, que al principio está encantado con su nueva popularidad, empieza a sospechar que algo huele a podrido en Dinamarca cuando se encuentra con un colega, alguien de su círculo (John Goodman es escritor y profesor universitario) que lo recibe entusiasmado y califica su video de poesía.

-Ese gilipollas compara mi mierda con Shakespeare -le dice luego a su mujer-. Creo que me está puteando.

Un escritor aún más mediocre que el que hubiese dejado la historia a la mitad, quizás habría querido continuarla con John Goodman abominando de la popularidad y de las máquinas. Huyendo hacia una vida heremítica lejos de la fama. Pero no es el caso. A John Goodman le encanta la popularidad y no deja su ordenador. Pero sospecha que lo que le ha llegado es una fama bastarda.

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